Esta es la historia del hombre sin nombre.
La historia de quien hubiese iniciado la vida como la conocemos y que nació cuando el mundo era casi nuevo, cuando existía flora y fauna que hoy ya no existe. El lugar en el que nació podía brindarle todas las comodidades y facilidades que necesita un hombre común, sin embargo, los dioses mayas habían traído a la vida a este ser hecho de maíz después de haber intentado crear al primer hombre en el mundo de barro y de piedra sin tener éxito.
El primer hombre, hecho de barro, sucumbió ante el calor. Cuando los dioses tenían planes para él, el sol brillaba con más intensidad que nunca y su cuerpo comenzó a secarse, volviéndose rígido. Poco a poco perdió la movilidad, hasta que sus piernas quedaron ancladas al piso y sus brazos, que tenía cruzados, quedaron pegados a su pecho. Al notar esto, los dioses comenzaron de nuevo.
El segundo hombre, hecho de piedra, parecía sortear muy bien los peligros que el mundo nuevo y hostil le ponía enfrente. Su cuerpo era muy resistente y sus extremidades muy fuertes, así que pronto construyó un refugio que lo mantenía a salvo de animales, el calor del día y el frío de la noche. Sin embargo, cuando decidió explorar más allá de lo que sus ojos de piedra le permitían ver y emprendió el camino entre la maleza de la selva, tropezó y cayó a un cenote. Nunca antes había intentado nadar y su pesado cuerpo de piedra lo hundió hasta el fondo, donde no había ayuda alguna, y murió.
Los dioses, a pesar de estar tristes y desanimados, no dejaron de intentar poblar el mundo con un ser capaz de sobrevivir a los incontables peligros que, a diferencia sus primeras creaciones, pensara por adelantado en los riesgos y pudiera resolver los problemas que se suscitaran en el camino. Así fue como decidieron recolectar todo el maíz de la tierra. Lo cortaron, lo desgranaron y lo molieron, y con un elaborado ritual crearon al primer hombre hecho de maíz.
Este hombre tenía ventajas sobre los dos anteriores, pues su cuerpo era más resistente al frío y al calor, era más ligero y, sobre todo, era capaz de ver y entender todo. Sorteó los peligros de maneras sencillas pues además de su fuerza, tenía inteligencia, lo que le permitió crear un refugio resistente al difícil mundo de entonces. Aprendió a satisfacer sus necesidades más básicas; a sembrar para tener comida siempre y a cazar para usar la piel de los animales y su carne.
Los dioses creyeron que este hombre había superado todos los peligros conocidos hasta entonces, pero un día el hombre sin nombre se dio cuenta de que estaba solo. No tenía con quien hablar o compartir la comida como lo hacían los demás seres con los que habitaba la tierra.
Pasaron los días, pero ese nuevo sentimiento seguía ahí, sin que pudiera entenderlo del todo. Era un dolor similar al hambre y al frío, pero ni el fuego ni la carne más jugosa se llevaban ese misterioso sentimiento.
Los dioses notaron la condición que aquejaba a este hombre y trataron de ayudarlo dándole a alguien con quien compartir las palabras.
Después de llevar varias semanas sintiendo lo mismo y sin encontrar alivio, un día despertó con la sorpresa de una voz que lo saludaba y le preguntaba su nombre, a lo que no supo cómo responder. Los dioses habían creado a la primera mujer del mundo, que a partir de entonces compartiría los días con el hombre sin nombre. Los dioses advirtieron al hombre de maíz acerca de la fuerza de este nuevo ser maravilloso y su cualidad de dar vida y protección a más hombres como él, por lo que debía respetarla, cuidarla y venerarla como un ser creador de vida. Y fue así como el hombre de maíz, que nunca tuvo nombre, dejó de sentirse solo y empezó a poblar el mundo, dando paso a nuevos problemas y sentimientos que solucionarían hombres de otro tiempo.

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