Llegó a la gruta donde está el cenote y, mientras llenaba su calabazo y se refrescaba, Manuel sintió que alguien le miraba desde algún lugar. Volteó de prisa hacia todos lados hasta que vio a alguien parado sobre una piedra. Era pequeño, gordito, de ojos verdes y mejillas sonrosadas; de sus hombros colgaba una escopeta y un morral, y tenía un sombrero en la cabeza. Parecía un campesino, nada más que chiquito, que se iba al trabajo. Como Manuel todavía no conocía a los aluxes, después del primer susto que se llevó con la sorpresa, siguió llenando su calabazo. —¿Quién eres tú? No te había visto, si te hubiera echado agua no habría sido mi culpa. Entonces se dio cuenta que el hombrecito había desaparecido y sintió miedo. Salió de la gruta y se fue corriendo hasta el pueblo, en donde lo primero que hizo fue contarle al viejo Jacinto lo que pasó. El lo escuchó atento, y después le dijo: —Lo que viste fue un alux, así como lo ves de pequeñito no le llevas ventaja en fuerza, es muy travieso y a veces, cuando está molesto, puede ser malo. Vamos Manuel, muéstrame dónde estaba.
La verdad es que Manuel de buena gana hubiera dicho que no, pues todavía le duraba el susto. Pero como le daba vergüenza que Jacinto pensara que tenía miedo, lo llevó hasta la gruta del cenote. Al llegar buscaron por todas partes, pero no encontraron a nadie, sólo vieron las pisadas pequeñas y redonditas de los pies del alux. —Será mejor que nos vayamos —dijo Jacinto—, no sea que esté durmiendo el alux y lo estemos molestando. Y salieron de la gruta en la que sólo quedaron el agua y el viento. |
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